lunes, 11 de junio de 2007

SOBRE NOTAS DEL SABADO 8 DE SEPTIEMBRE


¡Qué fantástica y maravillosa herramienta de la mente humana es la imaginación! Quizás la más simple de las armas al alcance de todos los hombres, que nos permite transitar con seguridad los desolados desiertos de la ignorancia y las oscuras grutas de la intuición. Fue sin duda la fantasía de mentes como las de Galileo Galilei o William Shakespeare las que nos permitieron evolucionar y entretenernos, desarrollando artes tan precisas y fantásticas como la ciencia y la ficción; la primera utilizada para mejorar nuestra calidad de vida, la segunda para llenar ese vacío que toda alma encuentra desde el momento en que nace. Pero como toda herramienta, puede ser utilizada con diversos fines, algunos de ellos menos elevados que otros. La imaginación, por ejemplo, de un asesino como John Williams le permitió anticipar en 1812 cada uno de sus movimientos y planear a la perfección los horrendos crímenes de las familias Marr y Williamson. El asesino imagina su jugada antes de reproducirla, se abstrae en su mente de cada movimiento de forma tal que deja de lado su responsabilidad, convirtiéndose en el actor de una obra sin teatro, un actor que interpreta a cara limpia cada una de las escenas que se ha forjado, y cada grito de una víctima es el aplauso del público, y cada mirada aterrada es una ovación de pie. Así se entretiene el homicida; así como Verne imaginó mundos desconocidos y artefactos imposibles para despertar la imaginación de sus lectores, el criminal se entretiene a sí mismo imaginando de antemano sus propios crímenes. Williams no es el único que ha utilizado este ejercicio para tan macabros fines. Hace poco se irguió sobre nuestra ciudad la sombra de otro asesino mucho más despiadado, mucho más meticuloso, mucho más… imaginativo.

Pero por ahora, este arte casi perdido en nuestro siglo nos ayudará a reproducir - permitiéndonos algunas licencias y basándonos en los datos obtenidos - las últimas horas de Annie Chapman, la cuarta víctima del asesino más sangriento y escurridizo que haya jamás recorrido las calles de Londres y del mundo entero. Podemos imaginarla en la pequeña habitación de una pensión de Whitechapel que alquilaba como vivienda, acosada por los gritos de un arrendatario que amenaza con echarla a la calle si no paga los peniques que cuesta el derecho a una cama caliente y un techo de escasos metros cuadrados. Annie, como muchas de las noches en las que no logra conseguir trabajo durante el día, se envuelve en uno de sus vestidos largos de corsé, dejando de lado la pechera para resaltar mejor su busto, y enrollando su delicado cuello en un pañuelo bordado para combatir el frío sale a la calle a ganar unas pocas monedas de la única manera que conoce; manera indecente, es verdad, pero siempre efectiva.

Sus zapatos de taco de madera aturden sobre el empedrado mientras lanza miradas lascivas e insinuaciones directas a los hombres que pasan. Avanza la noche y se aproxima en horas no muy lejanas la madrugada; el frío congela sus expectativas y piensa en dormir una vez más en la terminal del tren o en la casa de una amiga, cuando un hombre de baja estatura y rasgos fuertes cambia su futuro para siempre, acortándolo de golpe a los próximos minutos. El hombre se acerca; ha estado mirando a Annie desde hace unas horas, y se asegura de que las calles estén vacías antes de abordarla. Tiene un sólo objetivo para ella; juntos entran de mutuo acuerdo en un callejón oscuro de una calle perdida, y minutos más tarde escapa solo, haciendo resonar su bastón con cada paso, perdiéndose en la garganta de una ciudad que siempre ha sido buena compañera de los criminales. Muy poco tiempo separa la proposición del asesinato, y menos de 10 minutos después un policía encuentra el cuerpo degollado y cercenado, y Whitechapel se sumerge por cuarta vez en un océano de miedo y paranoia que quedará marcado por siempre en la historia de las calles de la ciudad.

La madrugada del 8 de Septiembre envolvía a Londres en una niebla fría y oscura de otoño cuando, seis horas después de la medianoche, el cuerpo de Annie Chapman fue descubierto en un patio común de edificios en el número 29 de la Hanbury Street, cerca de la Commercial Road.

Un largo y estrecho pasillo sin pavimentar separa al terreno de la actividad comercial de Hanbury Street, y atravesando una pequeña puerta de madera sin seguro se llega a un espacio abierto rodeado de edificios, con el piso torpemente empedrado y una vieja cerca de madera de cuatro pies de altura a cada lado. Sobre uno de estos paneles quedará dibujada, a partir de esta madrugada, una gran sombra coagulada de color marrón, testimonio sangriento del cuarto horrendo crimen de Jack el Destripador. A las seis menos cuarto de la mañana se descubrió a la víctima en una horrenda posición, la garganta cortada de lado a lado con una violencia tan brutal que casi la decapita, con las piernas abiertas y el humilde vestido levantado a la altura de las caderas, el vientre desgarrado en un corte que comenzaba en el hueso púbico y terminaba debajo de la unión de las costillas, los intestinos para afuera, asquerosamente acomodados alrededor del cuello como si de un collar se tratase, y el corazón y el hígado de la pobre mujer extirpados y colocados junto a su cabeza. Annie Chapman, góticamente enmarcada por un charco de sangre que permanecía fresca al llegar los oficiales, fue retirada de la escena del crimen y cerrado el lugar del asesinato por orden policial, aunque los investigadores forenses no pudieron encontrar ningún tipo de pista y la única mancha de sangre que se pudo estudiar era la gigantesca caricatura del homicidio que comenzaba en la pared a la altura del cuello y terminaba desparramándose entre los adoquines sucios del piso.

Recorrer Whitechapel a esas horas tempranas en que las calles se entierran a sí mismas en una cripta de lúgubre oscuridad y mortecino silencio significa verse rodeado de una atmósfera densa y oscura, interrumpida intermitentemente aquí y allá por el pálido resplandor de los faroles a gas escasamente distribuidos. Es verse sumergido en una quietud propia de los lugares en los que nadie desea estar, acosado a ambos lados de las calles por las miradas inexpresivas y ocultas de los ladrones, las prostitutas y los desafortunados que no han reunido lo suficiente para pagar los pocos peniques que cuesta una habitación sucia, pequeña y húmeda; es vivir la quietud típica de los pabellones de un cementerio tras cerrar las puertas, roto únicamente por los frágiles llantos de un bebé con hambre, arriba, en los edificios; o las peleas a gritos de una pareja desesperanzada y borracha; o el silencio de los golpes de los maridos a sus esposas, de las esposas a sus hijos, y de los hijos entre sí.

Y, de tanto en tanto, pueden escucharse los ecos lejanos de las botas de la policía patrullando las calles, quizás uno de los ruidos más temidos por los habitantes del Este de Londres en esta época en la que las fuerzas del orden se comportan como la proa de un barco en plena tempestad, abriéndose paso entre la olas de gente de forma violenta, y dejando a sus lados un reguero de espuma que pronto desaparece en el olvido sin que el océano sufra por ello demasiados cambios. Y es uno de los ecos más temidos porque el asesino de Whitechapel actúa tan silenciosamente amparado en las noches que el sólo hecho de no escuchar sonido alguno pone hoy en día los pelos de punta a cualquier mujer que deambule por los callejones nocturnos. Los asesinatos de Jack el Destripador son una sorpresa ácida, mientras que el maltrato policial, en cambio, tiene el amargo sabor de la costumbre.

Para principios de Septiembre, el desconocido asesino era vendido en todos los diarios de Londres bajo el nombre de Delantal de Cuero, y sus atroces crímenes eran vociferados por las gargantas infantiles de los vendedores a medio penique. Por las calles de Whitechapel, el miedo y la preocupación habitual habían crecido con los rumores, y las hazañas y proezas del sanguinario criminal de los barrios bajos eran comentadas por bocas temblorosas e inocentes y admiradas por los personajes de dudosa reputación, evidentemente celosos de la capacidad mortuoria del célebre homicida al efectuar su trabajo con precisión y celeridad y desaparecer de forma tan misteriosa, aterrando a toda la parte Este de Londres, alarmando a toda la ciudad y poniendo en ridículo a todo el Departamento de Policía Metropolitano. Aquellas mujeres cuya posición social no las obligaba a venderse en los oscuros callejones de la parte menos iluminada del Thames se encerraban al vislumbrar los primeros resabios del atardecer y trancaban sus puertas; las madres cantaban a sus hijos escalofriantes canciones que amenazaban con venderlos al verdugo carnicero de Comercial Street si no se comportaban y hacían caso; y los hombres, sobre todo los más necesitados, se unían al grupo a la espera de atrapar al asesino, entregarlo a las autoridades y cobrar algún tipo de recompensa.

Aún así, parecía que no sólo las sombras trabajaban para el verdugo; los testigos que aseguraban haber visto a Jack el Destripador, y los personajes que juraban conocerlo, variaban tanto sus declaraciones entre sí que sólo podía atribuírsele facciones creadas por el imaginario colectivo en un intento frustrado de ponerle cara al terror. Se inventaron mil leyendas basadas meramente en los rumores que lo describían como un hombre de estatura mediana (o media alta) y líneas borrosas, de 35 a 40 años de edad; de rasgos firmes y rectos, concordantes con los de un judío; de bigote, aunque nunca se pudo precisar exactamente el color y muchas conjeturas se formaron en base a su grosor; de pelo negro lustrosamente peinado; de modales refinados y ropas acordes, dignas de un hombre de posición elevada, un doctor o un abogado, o un respetable hombre de letras; de galera alta y portador de una pequeña valija negra en la que transportaba sus instrumentos, su cuchillo o su escalpelo, pues la precisión en los cortes de la garganta y el abdomen de sus dos últimas víctimas, Mary Ann Nichols y la recientemente fallecida Annie Chapman, mostraban una maestría y un conocimiento tal de las artes de la medicina que la Policía Metropolitana más de una vez indagó entre los estudiantes y los internos del London Hospital, a pocas calles de donde fueron encontrados los cuerpos. Y un detalle que muchos de los testigos han gozado en afirmar: el asesino vestía un delantal de cuero, característico de los carniceros de la zona de Whitechapel, que utilizaba sobre sus ropas para no mancharlas.

Pero más allá de las suposiciones y conjeturas, las contradicciones e imposibilidades, hay un detalle en el que todos los habitantes de Whitechapel coincidían con una firmeza angustiante que derribaba por momentos todo cinismo: su expresión, los ojos amarillentos y pequeños, sus labios crispados en una mueca que resultaba excesivamente repelente resaltaban sobremanera cuando se lo veía caminar por las calles, por los callejones y los pasajes; y sólo se lo veía, porque nunca se lo escuchaba. Este hombre no emitía sonido alguno al desplazarse, y las caras pálidas y asustadas de los testigos y los embusteros que uno escuchaba por la mañana siguiente era la firma más concisa que un periodista podía necesitar para saber que algo de verdad se ocultaba entre tanta mentira, y que esa verdad era sin duda mucho más increíble.

Otra de las cosas que hasta el momento glorificaba y rendía más temeraria la figura de Delantal de Cuero era el hecho de que la policía no encontrara pistas ni datos significativos que los guiara a su captura. Los detectives y los oficiales de las Fuerzas no ocultaban su desconcierto, y las investigaciones sobre la verdadera identidad del homicida se hallaban ancladas en un mar de dudas, descripciones contradictorias y datos vagos e imprecisos.

Las medidas de seguridad que se habían implementado hasta el momento resultaban insatisfactorias, y se hacía cada vez más evidente que los oficiales que patrullaban las diferentes zonas de la ciudad no eran suficientes ni tenían el conocimiento necesario para cumplir con las tareas de vigilancia; las últimas dos víctimas habían sido asesinadas en lugares que la policía recorría cada 15 o 20 minutos, lo que daba a Delantal de Cuero un limitado margen de tiempo para cometer sus atrocidades, limpiarse la sangre de las manos para no despertar sospechas y huir.

Pero el Este de Londres está ceñido por la desgracia y la muerte, muchas veces gracias a la misma policía, que en los últimos meses parecía más ocupada en desconcentrar por la fuerza reuniones pacíficas de trabajadores y desempleados que en buscar al sangriento criminal. La gente en las calles confiaba tanto en el uniforme de los vigilantes como debían de confiar las prostitutas en los hombres que se les acercaban por las noches requiriendo sus servicios, transformándolos a ambos en personas indeseables pero necesarias, unos para mantener cierto orden civil y social, otros por cuestiones económicas de supervivencia. Las calles de Whitechapel y Spitafields, los dos barrios más grandes de la zona Este, sólo guardan las fachadas de sus avenidas principales a las clases medias dueñas de negocios y oficinas sobre Whitechapel Street, Comercial Street y su continuación más al este, Comercial Road East, hacinando a los estratos más bajos en los barrios sepultados que ofrecen pensiones y habitaciones de alquiler a los desafortunados y a los inmigrantes por las ganancias de una jornada de limosna. Y por las noches, cuando la luz desaparece y los negocios cierran sus puertas, es cuando la diferencia entre las dos franjas de Londres se hace más evidente. Mientras que las familias pudientes del Oeste cierran sus puertas y se preparan para dormir, las calles de la zona Este se pueblan de ladrones y borrachos, principalmente, y de mujeres que se venden para pagar un techo o una botella.

Pero el problema principal de la policía dista mucho de tratarse de una mera escasez de uniformados. La Fuerza del East End se basa principalmente en dos clases de individuos: los novatos uniformados sin entrenamiento por un lado y los veteranos sin deseos de seguir trabajando por el otro. Y, mientras que en todas las ciudades del mundo las fuerzas del orden conocen cada ladrillo de los barrios bajos, la policía londinense parece vanagloriarse de la ignorancia que demuestran sus oficiales con respecto a las calles que juraron proteger, desconociendo los pasajes ocultos, las casas de opio y las guardillas que a menudo se utilizan como escondites, facilitándoles así la labor a los ladrones y los abusadores. Todos estos pequeños detalles condimentan este enfrentamiento entre los protegidos y los protectores; esta distancia tan marcada existente en el mero corazón del conflicto sirve para desatar una malaria de caos y descontrol que más de una vez estuvo a punto de desbordarse y cobrar víctimas inocentes: el mismo día en que fue descubierto el cuerpo de Annie Chapman fueron apresadas dos personas antes que los relojes dejaran de martillar doce campanadas, ambos arrestos efectuados por causas ajenas a los crímenes pero guiados por la urgente necesidad de los detectives de demostrar cierto avance ante la opinión pública, que se perfilaba como un enemigo mucho más peligroso que el mismísimo Jack; el grito de “atraparon al asesino” se desparramó por las calles con la velocidad que puede tomar una llama dentro de un granero un día seco de verano, causando tal tumulto entre la gente que los sospechosos debieron ser llevados de inmediato a las seccionales de policía para evitar que una muchedumbre frenética los linchara a media tarde.

Pasado el mediodía de tan frenética jornada, apareció en escena la última de las figuras que formaba parte de la obra cotidiana de las calles de Londres: lejos de la desesperación policial y el heroísmo desinteresado de los vigilantes civiles, lejos de los enfrentamientos de clases, las acusaciones públicas y los gritos silenciosos de la prensa, los vecinos de los edificios contiguos aprovecharon el fisgoneo y la congoja del gentío que se agolpaba en la entrada del callejón cerrado por la policía para alquilar sus ventanas al morbo de los curiosos que pagaban hasta un chelín para presenciar de lejos el escenario de tan pavoroso crimen. Cerca de las once de la mañana las crónicas de la gente y mis investigaciones me llevaron a la Casa Pública Prince Albert, en el cruce de Brushfield y Stewart Street, mejor conocida como “La Casa Limpia”. La residencia se alzaba a sólo media milla de donde fue encontrado el cuerpo de Annie Chapman, y su propietaria, la Sra. Fiddymont, era una mujer de edad avanzada, modales educados, palabras agradables y temperamento paciente, aunque me recibió un tanto alterada tras discutir con oficiales de la policía que habían intentado registrar el edificio a la fuerza, negándose a aceptar la ayuda que les brindaba. Al principio la Señora Fiddymont me trató con desconfianza, sólo cuando supo quién era y mi labor como cronista del THE STAR accedió a responder mis preguntas. En sus nueve cortos meses de vida, el diario se había transformado en uno de los periódicos más leídos de la ciudad, y adonde quiera que iba la gente parecía orgullosa de recibirme y me contaba de manera anhelante sus historias, esperando a cada segundo que le preguntara el nombre completo, y si podía publicar sus testimonios. Lo que había comenzado siendo un trabajo pasajero para solventar un comienzo frío como escritor de novelas se estaba convirtiendo en uno de los mejores trabajos que había tenido, y era en gran parte al reconocimiento de la gente, a la aceptación del medio en el que trabajaba y al hecho de que, sin importar qué fuera lo que escribía, si agregaba la dosis justa de sangre y la mezclaba con los problemas de las clases sociales diariamente leían mis palabras más personas de las que nunca comprarían mis cuidadas novelas.

La Señora Fiddymont no sabía nada del crimen cometido esa mañana, y no supo que probablemente había enfrentado al asesino hasta media hora más tarde, después de notificar a la policía sobre el extraño comportamiento de un hombre con disimuladas manchas de sangre en sus manos que había ido a la Casa Pública a beber una copa.

Según su testimonio, a las siete de la mañana la Sra. Fiddymont y Mary Chappell, una de sus inquilinas, conversaban tranquilamente en la recepción de La Casa Limpia cuando un hombre de apariencia lúgubre y desagradable se presentó ante ellas y pidió que le sirvieran una pinta de Four Ale. El desconocido tenía un fino bigote negro y llevaba un sombrero marrón oscuro que dejaba descansar sobre sus ojos, llevaba la camisa desarreglada, como si hubiera tratado de sacársela rápidamente, y un abrigo color negro con las solapas de la chaqueta vueltas hacia arriba que mantenía cerrado sobre su pecho con la mano derecha. Al servir la bebida, la Sra. Fiddymont pudo notar que entre los dedos de la mano izquierda el extraño se había intentado limpiar las manchas de alguna sustancia reseca de color rojo sangre. Cuando apoyó la bebida frente al hombre se quedó mirándolo, como hipnotizada por esa apariencia increíblemente compleja y a la vez repulsiva, y al notar la pesada mirada de esos ojos repelentes sobre ella dio un rápido giro que la dejó momentáneamente mareada y se retiró de la habitación, superada por la situación.

Fue el turno de la Sra. Chappell, que se encontraba aún en la recepción y también había prestado declaración ante los oficiales, de continuar la historia. La mujer narró los mismos hechos y agregó que, del otro lado del mostrador, pudo observar la parte trasera del cuello del hombre y notó los pelos de la nuca alborotados y mal peinados, empastados en la misma sustancia que tenía en las manos, como si hubiera querido asearse rápida y torpemente. A este punto el hombre, sintiéndose observado y tomando conciencia de que su estado atraía todo tipo de miradas, bebió la copa que tenía delante con la celeridad de un único y profundo sorbo y se retiró de la “Casa Limpia” dejando un par de monedas para saldar las deudas. Mary Chappell, al igual que la Señora Fiddymont, también tuvo la inexplicable sensación de repulsión y odio que el extraño parecía emanar con cada uno de sus movimientos; sintió la gélida mirada de esos ojos amarillos e inexpresivos, discordantes y pesados sobre su cuerpo, y los angustiantes escalofríos que esa mirada le provocaron fueron suficientes para que su curiosidad se disolviera junto a la huída del extraño en busca de misterios menos peligrosos.

Al alejarse por Bishopgate Street, Mary Chappell salió al encuentro de Joseph Taylor, vecino de la casa pública y hombre de confianza de las dos mujeres que se dirigía esa mañana para su trabajo en la Liverpool Street. Chappell le informó del extraño sujeto que había aparecido a esas horas poco transitadas de la mañana y su incierta y amenazante apariencia, y pidió a su vecino que lo siguiera en caso que se tratara de algún criminal a la fuga. Taylor divisó la figura evasiva del misterioso hombre y apresuró el paso por Bishopgate, pero le perdió el rastro pocas cuadras después. Según las palabras del propio Taylor, el hombre debía tener entre 35 y 45 años, y una de las cosas que pudo notar con curiosidad era que, a pesar de poseer una forma extraña de caminar, como la de una bestia de los bosques tratando de huir con una pata herida, su velocidad y coordinación eran increíblemente eficaces, y más de una vez tuvo que abandonar la idea de un seguimiento sutil de caminata rápida para echarse a correr.

Pero esos no fueron todos los testigos con los que pude hablar esa mañana, y debo admitir con algo de vergüenza que mis notas hacia el periódico fueron incompletas. Al salir de la casa pública Prince Albert y dejar atrás los testimonios de la Sra. Fiddymont, Mary Chappell y Joseph Taylor, me percaté que un joven de 15 años seguía cada uno de mis movimientos desde un callejón ubicado en diagonal al edificio, oculto tras unas cajas de madera y basura. Evidentemente nervioso y tratando de pasar desapercibido, el muchacho miraba incesantemente a izquierda y derecha para asegurarse de que no hubiera policías y me hizo señas de que me acercara.

Su nombre era Irving Tell y vivía en una pensión a pocas cuadras de “La casa Limpia” con su madre, una mujer llamada Rose. Irving tartamudeaba al hablar, y su mirada perturbada saltaba de mis ojos hacia ambos lados de la calle con una celeridad sorprendente. Llevaba ropas viejas y sucias, visiblemente descuidadas, y cuando habló su tartamudez me obligó a esforzarme por comprenderlo.

- ¿Usted bu… bu… busca al h… hombre?

- Puede ser… - le respondí. - ¿Qué sabes al respecto?

- Yo lo… lo… seguí. Hasta su casa.

- ¿Lo seguiste? ¡El señor Taylor no pudo seguirlo más allá de Bishopgate!

Irving sonrió complacido. No necesitaba que me dijera nada para entender que estaba orgulloso de su juventud.

- ¿Hasta dónde? - le pregunté.

Entre su impedimento, Irving aseguró haber seguido al sospechoso a través de media ciudad, desde que había dejado Brushfield y Stewart Street hasta una casa del barrio de Soho, atravesando dos veces el Thames, primero por el puente de Southwark y luego por el puente de Waterloo, tomando un camino menos directo para unir su partida con su destino, pero asegurándose así de evitar los posibles controles policiales del Puente de Londres y del Puente Westminster. Escuché su historia con interés y le pregunté por qué no había hablado aún con la policía al respecto. Sus ojos se abrieron, presos de una intención que parecía evaluar en mí la inocencia que yo creía adivinar en él.

- La policía… no me escu… escucha. Pero a usted sí.

- ¿Y si no voy con la policía?

- No es mi problema…

- De acuerdo…- dije. - ¿Cuánto?

- 50 chelines. Seis meses de p… pensión. Ya sabe dónde vivo.

Antes que pudiera contestarle, dio media vuelta y corrió calle arriba, y se perdió entre las cajas de desperdicios y los callejones hediondos de muerte.