lunes, 11 de junio de 2007

PROLOGO

Carta al Dr. Enfield, abogado, recibida el 12 de Febrero de 1889.

9 de Febrero de 1889

Mi muy preciado Enfield:

Lamento que no hayamos tenido la oportunidad de vernos estos últimos días. Como sabrá, pues ha sido parte de los espeluznantes sucesos que se vienen desenvolviendo en Londres desde Septiembre del año pasado, mi trabajo en el diario THE STAR ha consumido gran parte del tiempo del que disponía hasta mi renuncia, para ser ocupado por mi enfermizo deseo de aislarme del mundo entero, poder reflexionar y entender finalmente los hechos en los que me vi envuelto. No ha sido simple para mí digerir estos últimos meses… parecería que han quedado muy atrás los días en los que se podía salir a la calle sin pensar en el manejo que las palabras de un diario podían causar en la gente. A veces pienso en lo que he vivido, querido Enfield, y tiemblo… no por el peligro al que me he enfrentado, sino por el hecho de tener que ver en el espejo al hombre en el que me he convertido. Por eso me he aislado de Londres encerrándome en su seno; por eso he meditado sin piedad durante los últimos días; por eso he decidido dejar esta ciudad y moverme a una metrópolis menos infectada, menos pútrida; abandonar, ahora que he renunciado a mis obligaciones en el diario, la escritura de cronista y retomar la que sólo bulle en mi mente, la que mi imaginación me permite moldear sin necesidad de oler la sangre, sin necesidad de describir con excesivos detalles los cuerpos mutilados de las víctimas destrozadas o los corazones desgarrados de sus seres queridos; y sin la imperiosa urgencia de llenar una cierta cantidad de líneas para satisfacer el morbo de mis jefes y de los lectores. Parto lo antes posible, querido Enfield. Me asentaré en alguna otra capital y me dedicaré a alguna otra cosa. Ya tendrá noticias mías.

Mientras tanto, quisiera que se encargara de este escrito. He llegado a la conclusión de que una de las formas de quitarme de encima este pesado cofre de imágenes atroces y sentimientos encontrados es plasmar cada suceso de la forma en la que mejor me hago entender. Escribir todo, dejarlo atrás, y seguir.

Si bien siempre he disfrutado de las largas conversaciones que hemos tenido y de las deliciosas cenas que compartimos solos o entre amigos, quisiera hablar un segundo con el Sr. Richard Enfield, mi abogado. Como su cliente, y estando en completo uso de todas mis facultades mentales, es mi expreso deseo que tenga estas páginas bajo su poder y nunca, jamás, se las permita ver a nadie, desconocido o de confianza, bajo ningún pretexto. De hecho desearía que, sin destruirlo, le fuera imposible devolvérmelo, para evitar las trampas del orgullo que pueden carcomer el alma de un hombre inocente. Mientras exista este texto mi conciencia podrá descansar tranquila al dejar reposar la culpa en las palabras. Sórdidas y muy personales son estas confesiones, y no desearía volver a recordarlas ni enfrentarlas por más que mi mente haya logrado sanar las cicatrices y mi curiosidad me lleve a creerme inmune al dolor de los recuerdos.
Lo que comenzará a leer, querido Enfield, es un escrito detallado de mi historia en relación a los asesinatos de Jack el Destripador, a quien la policía y la prensa identificaron en sus últimos días como el Sr. Montagne John Druitt. Pese a que nunca se encontraron evidencias del autor de los crímenes de Whitechapel, descubrirá al leer cada una de mis líneas la verdad sobre el asesino.

Pero no se distraiga con ideas vagas escritas apresuradamente. Deje primero que le cuente los hechos tal cual han ocurrido, y entonces su criterio y conocimiento probarán la veracidad de mis palabras.

No hay comentarios.: